19 octubre 2011 Crítica, Estrenos, Internacionales, Profesionales, Series

Community no es la típico sitcom que se ve estrena todos los años. Eso es un hecho. La tercera temporada, al igual que comenzó el piloto, subió el telón con el lema de tratar ser normales, aptos para los paladares más clásicos, pero con una mente pensante como la del genial Dan Harmon detrás de ésta propuesta, ya sabíamos que la idea no tendría mucha continuidad. Tras cuatro capítulos, la comedia vuelve a ser una de las bizarradas más ingeniosas del mundo audiovisual, más cercano al cine de Charlie Kaufman y Michel Gondry que a Friends o Cheers.

El capítulo del jueves, titulado de manera brillante como Remedial Chaos Theory, nos llevaba hasta la aparentemente normal cena de bienvenida al piso de Abed y Troy, donde los miembros protagonistas del grupo de estudios se unía para pasar una velada agradable alrededor de unas pizzas. El problema, aparentemente mundano, nace cuando Jeff decide elegir a través de un dado quién de ellos tiene que bajar a recoger las pizzas. Así nacen seis realidades paralelas que, con el efecto mariposa de por medio, no podían ser más distintas en sus detalles.

Al más puro estilo de Fringe o de los mejores episodios creados por esos amantes de la ciencia-ficción que manejan Futurama, la simple historia tiene un contrapunto paródica y seria que convierte al episodio en uno de los mejores de la serie, si no uno de los mejores de la historia de la caja catódica.

Arrested Development
nos enseñó cómo hacer una comedia meta-textual con infinidad de capas, pero Community ha rizado el rizo, construyendo un locura surrealista con personalidad propia e inigualable -algo que no es fácil de encontrar ni siquiera en la época dorada de las series. El argumento y la estructura no se corta en romper los límites de la realidad, provocando un giro inesperado a una narrativa solo apta para lo paladares menos convencionales. No es casualidad que los directores de la mítica comedia de Mitch Hurwitz, los hermanos Russo, también estén metidos en el ajo.

Los años anteriores hemos asistido atónitos a un par de luchas de paintball dirigidas como si de super-producción de acción o Westerns se tratarán; invasiones zombies; navidades echas de plastilina merecedoras de un Emmy; un capítulo dedicado por completo a Dragones y Mazmorras o vueltas de tuerca a esos capítulos noventeros hechos con recortes de episodios pasados. No obstante, no todo está en la forma y en la parodia. Cada una de las medias horas nos dejaba bucear un poco más en los personajes protagonistas, sus rarezas y sus relaciones. Cada historia acababa indagando en lo que es la verdadero alma del show: La amistad entre este ecléctico grupo. A Dan Harmon no le importan demasiado el manido tema de las relaciones amorosas (de hecho, se olvidan y entrecruzan), y, al final, la amistad siempre acaba siendo el punto focal de la serie. Para el amor, ya tenemos a otras series tan respetables, al tiempo que clasicistas, como Cómo Conocí a Vuestra Madre.

En este episodio de realidades paralelas, concretamente, aprendemos más sobre los personajes de lo que hemos visto en muchos de los más comunes. Su intrincada trama demuestra dibuja al verdadero villano del argumento principal, y la respuesta resulta ser tan sorprendente como lógica. Pese a lo contemplado a primera vista, el antagonista no es el racista, clasista y mal hablado Pierce Hawthorne (Chevy Chase), sino que el dudoso honor acaba yendo a parar al protagonista tipo -aunque egoísta y solitario- Jeff Winger (Joel McHale). Cuando él no está todo el grupo se divierte y es feliz. Él es la oscuridad que rompe la gama del arcoiris que forman el resto de personajes coloristas, aunque también es el que da vidilla y crea todo tipo de conflictos entre ellos sin los que la serie se derrumbaría sobre sus mimbres.

Al mismo tiempo, Abed (Danny Pudi) da el necesario contrapunto. El que comenzará como un secundario gracioso más, se ha convertido en el reflejo perfecto de su público más fiel, amantes de la televisión y del mundo geek que conocen los cientos de referencia que salen de su boca, habitualmente acompañados de ese ya mítico “cool, cool, cool“. Asimismo, su optimismo e inteligencia son las que salvan las situaciones más apabullantes, y, de paso, Dan Harmon lo utiliza como su micrófono de expresión frente a la audiencia, incluso llegando a convertirlo en un episodio una especie de Charlie Kaufman, rodando una película metatextual más grande que la propia realidad.

Hablando de realidades, parece que los mundos paralelos se van a convertir en un tema recurrente de la temporada. El primer episodio presentaba una hilarante parodia de Doctor Who llamada Inspector Spacetime, en el segundo el Professor Cligoris (Martin Starr) hablaba de su probable existencia y, esta vez, solo han necesitadi veinte minutos en abrir seis líneas paralelas. Es más, el capítulo termina poniendo en el epicentro a la línea más pesimista de todas. Una realidad donde ha habido muertes, mutilaciones y ahora todos visten de luto. Un final abierto que los convierte en las versiones malvadas de los protagonistas, nos da esperanza de que volveremos a ver a estos psicóticos personajes. Con Community nunca se sabe. Y ése es parte del encanto. Atentos a esta genialidad inclasificable:

Teniendo en cuenta este nivel, tenemos confianza plena en que Community pueda seguir dando momentos originales, inéditos e increíbles, siempre que la audiencia generalista le de permiso, y es que los ráting no son demasiado alucinantes. Nunca lo han sido. No obstante, es una serie con un seguimiento nerd tan fiel que los fans pueden salvarla mediante sus propuestas temporada tras temporada. Algo en lo que NBC, que se pelea por un mínimo de audiencia y respeto en cualquier horario, tiene una gran experiencia, salvado de la quema a la convalenciente Chuck desde hace años.

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