Kings: sobresaliente producción, amargo final

Kings: sobresaliente producción, amargo final

Escrito por: Eneko Ruiz    3 agosto 2009     2 Comentarios     3 minutos

La semana pasada terminó Kings, una de las apuestas más interesantes de una aburrida temporada en lo que a estrenos de las principales cadenas se refiere, que han ido cayendo uno tras otro, salvando pequeñas excepciones. Esta producción concreta, creada por Michael Green (Héroes), contó desde el comienzo con el respaldo incondicional del destituido ejecutivo Ben Silverman, quien concediera un astronómica presupuesto de 10 millones de dólares para el piloto y cuatro para los otros doce. Precisamente el fracaso de ésta ha sido uno de los últimos factores para que hayan dado la patada a este polémico director de programación que ha dejado la NBC bajo mínimos de audiencia, pero ésa es una historia para otro día, ya que, teniendo en cuenta el producto final, la inversión ha sido espectacular y se nota.

Volviendo a Kings, la serie acaba de pasar al nutrido grupo de proyectos injusta y abruptamente cancelados, pero esto ya se veía venir desde el principio. Y es que ya no se llevan los dramas fuertemente serializados, y precisamente éste es paradigma de aquello. Una superproducción que es más una película larga (con mucho dinero y excelente ambientación además) que el habitual “episodio de la semana”. Si El Ala Oeste se estrenara en la actualidad probablemente también sería cancelada a los 13 capítulos…

Con un comenzar lento e introductorio y una segunda mitad llena de giros, la serie llega a tomar un ritmo trepidante donde el relato comienza a ir a quinientos por hora, una vez que los personajes ya han enganchado y han conseguido meterte en este mundo paralelo donde la monarquía mantiene el poder absoluto; mientras que las tramas palaciegas, traiciones de poder y empresas están a la orden del día. Todas se embarullan y atropellan en el mencionado final de fiesta que aunque parezcan querer cerrar repentinamente los arcos -y teniendo en cuenta que esta primera pieza se cerró antes de conocer los índices de audiencia- es más bien la parte lógica de todo buen relato narrativo donde confluyen las historias presentadas y (casi) cualquier cosa puede pasar de entre el gran abanico de posibilidades. Emoción patente dentro de un ambiente que fusiona con habilidad los elementos de pura soap-opera con los conflictos éticos, el poder de la religión e incluso politiqueos bélicos.

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El principal aliciente interpretativo de la obra es, sin duda, un Ian McShane pletórico que se merienda cada plano y segundo de una narración que gobierna y en la que relega al protagonista Chris Egan a un segundo plano donde brilla menos de lo que debería. Juegan un papel similar al de Glenn Close y Rose Byrne en Daños y Perjuicios, en cuya primera temporada siempre que la historia se centraba en la joven deseabas un mayor protagonismo para la maquiavélica abogada. El resto del reparto, destacando a Dylan Baker y Sussana Thompson, tienen sus momentos de brillantez y cumplen correctamente su trabajo. Pero los grandes nombres de las estrellas invitadas quedan relegados a veces a un mero e injusto reclamo publicitario. Entre ellos tenemos a un sobresaliente Brian Cox (con que cualquier historia fuera únicamente un cara a cara entre éste y McShane me conformaba), una notable Leslie Bibb o el soso Macaulay Culkin, al que se le sacaría más provecho en una incumplida segunda etapa.

Precisamente esto es lo peor del anticipado final, que, aunque cierren muchos campos abiertos y quede todo bastante correcto, hay flancos que se abren y que nunca sabremos como terminarán (a no ser que nos leyéramos La Biblia, claro), y da cierta pena y decepción por haberse enganchado a otra serie inacabada más, ya que el proyecto no solo era de calidad sino que tenía visos a seguir siéndolo, con un potencial y un equipo de guionistas más que notable.

Una pena, pero… así es la televisión


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