20 enero 2012 Crítica, Estrenos, Internacionales, Nueva temporada, Profesionales, Series

Antes de su estreno, no hacer la comparación entre Smash y Glee es algo casi imposible. La serie adolescente de Fox fue el primer musical moderno que triunfó en la pequeña pantalla, lo que ha dado pie a que NBC se sienta dispuesta a dar luz verde a la nueva producción de Steven Spielberg, que en sus comienzos iba a ser auspiciada por Showtime. No obstante, después de disfrutar del piloto, la comparación se demuestra innecesaria y casi imposible. Glee es a Smash lo que Resacón en Las Vegas es a Con faldas y a lo loco.

Más reminiscente de la autobiográfica All that Jazz (Empieza el espectáculo) del genio Bob Fosse -la obra maestra del género en la gran pantalla- que de Grease, Smash opta por sumergirse en las bambalinas del teatro musical. Desde allí narra su historia, la ardua tarea de producir un exitoso musical de Broadway centrado en la figura de Marilyn Monroe, desde el minuto cero.

Dando una vuelta a la comparación con Glee, el envoltorio resulta esta vez más realista, adulta, y, sobre todo, se beneficia de tener un objetivo en mente: la noche del estreno. La falta de seriedad, y las dosis de humor negro, comenzó siendo uno de los grandes atractivos de la serie de adolescentes, pero, con el tiempo, los límites de lo absurdo se han sobrepasado en tantas ocasiones que sus tramas han perdido sentido. Los argumentos cambian de rumbo casi tanto como la personalidad de su personajes. Por eso, tener un camino marcado, y quince episodios cerrados, puede ser uno de los grandes aciertos de Smash, que además trata de no abusar de números musicales, cortándolos y moldeándolos cuando el guion lo pide. Sin necesidad de hacer éxitos de iTunes una vez a la semana. Muchas de las canciones son originales (escritas por el veterano Marc Shaiman), con lo que el reto se torna más arriesgado todavía.

La primera instancia se centra en presentar a sus dos jóvenes promesas -una novata en Nueva York y una experimentada artista- en su lucha por optar al codiciado personaje protagonista. La sensación rubia tendrá el rostro de Katharine McPhee o de Megan Hilty. Una concursante de American Idol contra una diva de los escenarios que no podrían ser más diferentes. Sus carreras reales personifican a la perfección todo lo que sus personajes opuestos deben ser. Será difícil optar por una de las dos. Eso es parte del juego. Ambas poseen un carisma, unas voces y unas armas de seducción dispares, pero efectivas en cada momento que hacen gorgoritos. En cierto sentido completan una particular versión de Norma Jean (la chica inocente y morena) contra Marilyn (la despampanante rubia con la que se hizo famosa y se protegió del mundo). No podemos esperar a ver a Uma Thurman completando el triángulo en la piel de una estrella de Hollywood también con ganas de transformarse en Marilyn. Nadie se mete con la musa de Tarantino.

Mientras que su competición profesional y sus esfuerzos por subir posiciones dan algunos de los más cautivadores momentos del piloto, la magia se diluye al bucear en su vida personal. Estamos tan envueltos en la pasión que conlleva levantar una super-producción teatral que, cuando la serie trata de desarrollar a sus personajes en sub-tramas de relaciones de parejas mucho más tópicas, solo aburre. Deseamos estar de vuelta en la sala de audiciones y olvidarnos para siempre del perfecto novio que se desvive por hacer feliz a la protagonista. Las tramas palaciegas del mundo del espectáculo tienen mucha más miga.

Pese a que la rubia y la morena protagonicen una de las tramas principales del estreno, el resto del elenco no debe ser infravalorado. Dos caras muy reconocibles como las de Debra Messing (Will y Grace) y Anjelica Huston suben el caché de un elenco coral que funciona a la perfección. La primera está acompañada por el roba-planos Christian Borle (experimentado en Broadway pero desconocido en televisión) como los guionistas de la función. La segunda es la veterana productora en trámites del divorcio, y a punto de quedarse en la bancarrota (la pesadilla de todo productor). Al cuarteto se une con malos modales Jack Davenport (Flash-Forward), preparado para poner la pimienta en la historia como el mujeriego y egocéntrico director estrella.

Unidos, cada uno preparado en su puesto, tratarán hacer lo imposible. No solo adaptar la vida de Marilyn a los escenarios, sino también convertir en un éxito un drama musical para una NBC demasiado necesitada de un triunfo de audiencia. La cadena debe sobrevivir a los peores datos de su historia. Si todo encaja y el engranaje funciona, por arte de metalenguaje, Marilyn podría pisar incluso a los escenarios de nuestro mundo, con el rostro de algunas de las dos protagonistas (o, quizás con los dos).

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  1. Bitacoras.com 20 enero 2012

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